Roma
Roma no empieza cuando llegas. Empieza antes, en todo lo que crees saber de ella. Y aun así, cuando finalmente estás allí, nada encaja exactamente como lo imaginabas. Salí del alojamiento temprano, con la intención de “ver cosas”. Duró poco. Roma no se deja recorrer con prisa. A los pocos minutos ya había abandonado cualquier plan, detenido por una fuente, una fachada, una calle que parecía llevar a otro siglo. Caminar por Roma es aceptar que siempre hay algo más antiguo bajo tus pies. El Coliseo apareció de pronto, enorme, casi irreal. Lo había visto mil veces en imágenes, pero en persona imponía de otra manera. No por su tamaño, sino por lo que sugiere. No es solo piedra; es memoria condensada. Seguí andando sin rumbo fijo, perdiéndome con facilidad. Y en esa pérdida empecé a encontrar la ciudad de verdad. Pequeñas plazas donde la vida ocurre sin esfuerzo, ropa tendida entre edificios, conversaciones que llenan el aire sin necesidad de ser entendidas. Roma no es un mus...