Tenerife
Tenerife no te recibe de golpe, te va revelando poco a poco. Desde la ventanilla del avión, la isla parecía una mezcla improbable: verde intenso, negro volcánico y un océano que lo rodea todo como un marco antiguo. Al bajar, el aire tenía algo distinto. No era solo calor, ni brisa marina. Era una especie de calma antigua, como si la isla hubiera decidido hace tiempo ir a su propio ritmo, sin pedir permiso. Me alojé cerca del norte, lejos de los grandes complejos turísticos del sur. Allí, las casas tenían balcones de madera y las calles olían a café recién hecho. La primera mañana salí sin rumbo, dejándome llevar por las cuestas y los sonidos: conversaciones pausadas, pasos lentos, alguna risa que se escapaba desde una ventana abierta. Pronto descubrí que Tenerife no es solo playas. Es una isla de contrastes. En cuestión de horas puedes pasar de caminar entre plataneras a encontrarte rodeado de un paisaje casi lunar. El Teide apareció así, casi sin aviso. Subir hacia él f...